Una yarda, ocho, nueve, yardas de yardas, todas, y a veces lo que me
agota más es correr hasta tu mejilla que sobrevive tan sola de recuerdos.
Un beso, ocho, nueve, besos de besos, todos, y a veces lo que me besa es
tu memoria leal, tu dedicación incondicional mientras ese avión en el aire
atraviesa la noche ajena. Juntos, nunca fue propia la noche; no hubo oscuridad
personal si vos estabas por ahí, cerca serena, clara cabal, complaciente nunca.
Viven universos en la planta baja de tu flequillo; como un niño jugando
en la placenta materna, mundos laten. Vos latís, me latís, una vez, ocho,
nueve, todas las veces, latirme a duelo hasta que el proyectil de oro mate lo
que mata.
Y mientras el planeta se renueva y se suicida, se evade y se dictamina,
y mientras la humanidad se estrella contra si misma vos seguís habilitando un
espacio para mí, con esa piedad desafiante y esa mirada que llama, que invita,
que cura…
Nadie tan única, necesaria, tan blues, tan black, tan brown, nadie así
como vos.
Ese avión sigue atravesando el aire, la altura, la noche. Nosotros
seguimos atravesando el frío, el silencio, la soledad, las tumbas.
Tornar sencillo lo imposible, volver accesible lo remoto, transformar en
inevitable lo muerto. Revivir, resucitar, recuperar, restaurar, recomenzar,
restituir, calentar el agua y renovar el mate porque todo el sol es nuestro y
esta vida recién empieza.
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